lunes 6 de diciembre de 2010

Turistas (I)

Bajó las escaleras de su casa, sin despertar a nadie. La maleta ensordecía el ruidoso silencio. Sus manos, tímidas y acongojadas sostenían el voluminoso cuerpo del equipaje. Se despidió de todos sin decir una palabra, ni un mísero gesto con los dedos. Solamente una sonrisa se dejó ver por última vez en aquella casa, su casa.
Tomó aire como si nunca lo hubiese hecho, cerró la puerta para siempre y empezó a caminar despacio, cabizbajo y con los ojos recién sacados del acuífero imaginó como sería su nueva vida. Había quemado sus recuerdos y entre llamas veía su pasado desvanecerse, alejarse, tal y como lo iba a hacer en el tren que cogería en cuestión de horas.
Del pasado no lo protegería nada, quizás del futuro tampoco, pero del presente solo lo hacía una chaqueta marrón sobre una camiseta blanca de cuello en pico y unos vaqueros claros, rotos y desgastados. Peinaba una cresta hecha sin mirar al espejo y su perfume contenía gotas de miedo y remordimiento.

Hacía años atrás que lo llevaba pensando. Para él, era quizás, la mejor opción a elegir, ya que la cárcel emocional que lo envolvía estaba acabando poco a poco con su vida. Tenía que salir y encontrarse de nuevo, en cualquier lugar, con él mismo y la mejor manera para hacerlo era viajar sin rumbo, sin billete y (casi) sin equipaje. Había perdido el sentido de la vida y su mundo interior estaba en ruinas, ya que una guerra ínfima se esclarecía allá donde termina la razón. Era el momento de abandonar, ya que puede que nunca fuese una guerra perdida, sino una retirada a tiempo.

Carol Kidd sobana en su reproductor mp3, así como una gran lista de canciones de BB King, Paul Parrack y cientos de canciones de saxofones, pianos y solos eléctricos. Sus piernas flaqueaban y sus latidos imantados por su cercanía a la estación se despojaban de los llantos que le hicieron heridas casi infinitas.

Pronto entraría a su propio destino. Eran las 07: 55. Dejó la maleta a la vista e hizo cola para comprar un billete a cuyo lugar aun no conocía...




Despertó desnuda, sin prisa ni agobios y se deshizo de los brazos de aquél hombre que la sostenía en sus sueños. Su torso reflejaba la belleza tal y como la pintaría cualquier persona de este mundo. La perfección se encontraba, quizás, en sus ojos, en sus piernas o en su sonrisa. Era deseada, desenvuelta y resuelta. No había nada que en ese momento le hiciera feliz, pero tampoco nada que se la quitara. Su mente era una controversia no resuelta, un sin fin de paradigmas adornados con lágrimas de placer, una tela de araña tejida con oro en la que cazaba todo aquello que pasase por sus ojos y fuese de su agrado. Lo tenía todo, pero no tenía nada.

Vistió su delgada cintura, sus prominentes pechos y sus perfectos pies y metió en una bolsa de viaje de todo menos lo esencial, con la certeza de saber que pronto nada de ello le valdría, lo tiraría y empezaría de cero. Besó al varón que dormía sin saber que nada de esto estaba pasando y le dedicó un "hasta siempre, o hasta nunca. Lo que quieras pero no me llame nunca más. No me encontrarás jamás".

Recorrió aquel pasillo con un estilo incomparable, la cabeza bien alta y creando un ritmo con sus tacones cuyos compases eran prácticamente idénticos. Cerró la puerta, se sonrió a sí misma y decidió bajar por el ascensor. Se soltó el pelo, apagó su teléfono y encendió su iPod. Sonaban The Strokes, Franz Ferdinand y Mando Diao. Inyectó sus cascos en vena y metida de llena en el éxtasis musical creyó que era el momento de empezar una nueva vida.

Decidió no coger taxi y fue a pie hasta la estación. Mientras tanto, en su cabeza, revoloteaban decenas de países europeos, capitales nacionales y lugares donde establecer su nueva vida. No sabía inglés, ni francés ni ningún otro idioma que no fuese el que ella domina a la perfección. Pero por suerte eso no le asustaba, al contrario, le planteaba un reto que le parecía, cuanto menos, divertido.

Cruzó la última calle y un cosquilleo atravesó su pecho, dejándola inconsciente durante segundos, llegando a plantearse dónde dejaría correr su vida, donde desembocaría aquel río inerte que proyectaría el mundo en un futuro muy cercano. Veía imágenes que, dadas sus circunstancias, nunca pudo predefinir y coloreó con la tinta de sus labios la inesperada e inexistente primera foto de su tan amado nuevo destino.
Entró y el reloj marcaban las 7:55. Era el momento de ponerse a la cola y barajar cual era la mejor mano para ganar la partida que conduciría el resto de su vida.