sábado 1 de octubre de 2011

Acontecimientos inútiles

Mientras el verano se convierte en un parpadeo, el otoño va entrando por las rendijas de mis entrañas, como el veneno entra en tu piel, como el amor, con palpitaciones, acaba tocando tu cuerpo. Y es que, a veces se hace tan difícil controlar el tiempo que un suspiro se lleva por delante las imágenes de media vida. 
Mientras tanto, la conciencia aparece en forma de nada, abstractismo liberado de la imaginación y de la necesidad de aquello que es pero no es, que haces, no haces y realmente quieres hacer. Te clava las estacas y te envejece, te remonta hacia el futuro con la imposibilidad de poder retroceder y quemar aquellos cabos que quedaron sueltos. Y digo quemar, para no tener la tentación de querer unirlos.

Al final, la vida no es otra cosa que aptitudes humanas en consorcio con una regla social establecida, en la que cruzar la línea se convierte en una serie de calvarios cuyo personal te mira de reojo, antepone sus ideas establecidas y te revuelve en el infierno hasta que acaba contigo. Nadie acaba siendo dueño de su vida y de sus decisiones. Ni mucho menos de sus consecuencias. 

Porque morir, no es dejar de respirar, dejar de pensar. Morir es abandonar la libertad que te pertenece.